El otro día, revisando mis blogs de referencia me encontré con un relato corto muy intenso. No diría que es terror, aunque podría serlo. Su autor es Alex, un escritor amateur que, como yo, disfruta escribiendo las historias que pasan por su mente. Os dejo aquí sus tres primeros párrafos. Si os gusta, id a su blog
El tiempo pasa a una velocidad asombrosa. Hace más de tres años que no visito esta cafetería, desde los días en que trabajaba por esta zona de Madrid, y aun así parece que fue ayer la última vez que me senté aquí a leer el periódico. Guiado por una extraña nostalgia, ocupo una silla en la terraza a pesar del frío; esta vez sin periódico, pero con una melancolía que no reclama entretenimiento sino tiempo para la contemplación. El humo que escapa de mi taza de café se disipa en volutas ante mí, ofreciéndome una imagen onírica de la plaza del Callao. Siempre me gustó pasear por las calles más céntricas entre semana y cruzarme con gente que no anda ajetreada ni ataviada para los negocios: jóvenes que se han saltado la clase, desempleados disfrutando la mañana, jubilados… me gusta la sensación que ofrecen estos días, esa impresión de que el tiempo se ha frenado, de que hay una fricción en ellos que los hace más lentos y, paradójicamente, más suaves.
Es extraño cómo el café nunca me afectó del modo en que se supone que debe hacerlo. En lugar de estimularme o acelerarme, me provoca una sensación de calma aterciopelada que ralentiza mi metabolismo. Los años pasan rápido, pero los días… se agradece la lentitud de los días cuando uno disfruta de tiempo libre. Ahora, a mi lado, hay una mujer de unos sesenta años, vestida de forma muy moderna y con una melena plateada cayendo por su espalda en una coleta sencilla pero cuidada. Parece sonreír con los ojos mientras bebe su té, sin importarle el frío. Me produce cierta envidia; más bien, su figura me inspira cierto anhelo personal, como si emanase algo que yo quisiese para mí mismo.
A pesar de lo bien que me encuentro en este momento, decido marcharme; es mi intención visitar el museo antes de comer. Doy un último sorbo al café, que saboreo con parsimonia. Abro los ojos, y me pongo en pie. Atrás quedan la cafetería, la terraza, la mujer. Atravieso la plaza y me dispongo a bajar la Gran Vía, cuando algo sucede…

